Limpiaré con mi nombre tus imposibles lentejuelas.
Seré siempre el mismo idiota que parece un policía.
Conseguiste rodear la pared demolida por trabajo:
la del fondo, la sinpuerta, la que crece por encima.
La que crece por encima del cartón y el estucado.
Seré siempre el botón que se balancea en la mesa de una
imbécil.
Limpiaré con mis manos tus verídicas ideas.
Y seremos, ambos dos, como siempre fuimos nunca:
una especie moribunda de intelectuales malhallados.
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